La naturaleza generalmente nos brinda la posibilidad de contemplar su belleza en todo su esplendor, al menos sus alardeantes signos externos invitan a su contemplación, como si de un ritual se tratara nos va poco a poco sugiriendo esa relajante idea de sosiego que toda persona anhela, después de vivir (o como algún intelecto postmoderno dijo: malvivir ) en esta acelerada y nada recomendable vida de lobos que llevamos (sin llegar a aburrir: mal llevamos) en nuestra ajetreada época.
En ella, se descubre ese orden natural que posee intrínsecamente: Todo en ella es lógico, nada es por casualidad. Solo nosotros la transformamos a nuestro capricho o interés, a veces, incluso me atrevería a decir, casi acabamos con ella. El hombre desde remotos tiempos intenta descubrir, colonizar, investigar en su virginal estado, haciendo de ese gesto una victoria placentera que no es otra cosa que una vanidosa forma de querer hacer notar nuestro poder. Somos más inteligentes que los animales, podemos transformar el medio ambiente, incluso nos creemos a pies juntillas que tenemos la potestad y los medios de ser más fuertes que ella.
Esa sensación de tranquilidad que inspira, ese multicolor cuadro de sensaciones y su frescura, nos lleva directamente a pensar en nuestros mejores recuerdos, imborrables días de felicidad, momentos de nuestra juventud que por ser frescos nunca pasaran a ese enorme depósito de reciclaje neuronal que abarca todo nuestro lastre de vivencias negativas.
A veces, desnudar nuestra mente mientras nos dejamos poseer por su magnanimidad, resulta ser de lo más gratificante, intentando percibir esa multitud de pequeñas entidades que rítmicamente orbitan para ofrecernos bienestar.
La naturaleza es sabia (es bien sabido) y vaya si lo es!. Nada es mas fuerte que los elementos.
Me viene a la cabeza, al contemplar ésta imagen, una frase –del poeta francés Paul Éluard- que pasará a la posteridad como una gran verdad: “Hay otros mundos pero están en éste”. Claramente se adivina que se sentenció en tiempos algo ya lejanos por su latente anacronismo y aunque en nuestro tiempo actual conocemos la existencia de otros planetas e incluso otras galaxias, no por ello esta frase ha perdido toda la verdad que encierra.
Toda la gran maquinaria de la investigación astronáutica gasta miles de millones de dólares en pretender llevar al hombre más y más lejos, conseguir el descubrimiento de una incipiente vida, un microorganismo que nos de la certeza de que no estamos solos, al menos biológicamente (tiempo ha que descartamos en mentes realistas de la no cohabitación con seres inteligentes de más allá de nuestro planeta azul). Pienso que todo ese presupuesto “astronómico”, nunca mejor denominado, nos dejará un buen legado de conocimientos científicos que utilizaremos sabiamente, como siempre ha hecho el hombre y que serán aplicados en distintas ciencias o disciplinas, pero que hoy en día, creo, no son la principal misión ni la razón de estas expediciones. Solo hay que ver los lucrativos viajes de placer organizados al espacio y de un uso exclusivamente pudiente para adivinar la prisa que hay por descubrir nuevos mundos o nuevas identidades. ¿Será posible que nos encontremos dentro de algunas décadas formando verdaderas colonias en La Luna, creando un incipiente y voraz negocio inmobiliario con apartamentos selenitas no aptos para bolsillos de a pié?. ¿Todo esto no será alevoso y premeditado?. ¿Acaso no estaremos asistiendo a la trama de una incipiente-voraz mercadotecnia que con excusas científicas va desenterrando poco a poco sus armas de negocio?.
Sí que hay otros mundos, otras formas de vida que sin salir de nuestro globo terráqueo están aún por descubrir. No conocemos nada de ciertas profundidades oceánicas y de algunos seres que habitan en la zona abisal... Nunca se ha llegado a algunas altas cumbres y menos aún, se ha viajado mecánicamente al centro de la Tierra... Desconocemos una inmensa cantidad de pequeños organismos unicelulares, tan solo visibles en el microscopio, que todos ellos forman un verdadero “microcosmos”... No sabemos nada de algunas civilizaciones arcaicas e incluso de tribus actuales que viven en una verdadera edad de piedra...El Amazonas no está aún totalmente explorado...Y los grandes azotes de la humanidad, como es el cáncer y el sida, nos hacen sentirnos aún como grandes analfabetos en la ciencia. Son grandes retos que el hombre debería afrontar y pienso que con ello igual quedarían contestadas muchas incógnitas que buscamos ahí fuera.

Algo flota en la noche haciendo que todo lo que nos rodea parezca sumido en una dimensión mágica que agobiantemente hace desear que nunca acabe (o que no se rompa-ya se cantó-). Es como si el próximo amanecer, con su imaginado halo de frialdad, nos fuera a dar una somera bofetada. Y es que en esas noctámbulas y desahogadas horas, nuestro intelecto pasa a ser poseído por las más insospechadas e iluminadas ideas si estamos en una rigurosa charla con nuestra inseparable amiga almohada, o en caso contrario y descansando sobre el regazo de Morfeo, liberamos parte de nuestra periódica carga emocional y adentrándonos en el apacible REM, nuestro subconsciente pasa a un gratificante status de sosiego.
Un delgado hilo separa la realidad de lo ensoñador en ese amanecer incipiente, es solo un instante que nos adentra en una nueva jornada de nuestra realidad. La noche es pura fantasía, noche de San Juan en la que el fuego y el placer se mezclan en un extraño, complicente, fascinante juego terrenal, ancestral ritual pagano en donde el calor de la hoguera propicia las más exaltantes danzas que se desenvuelven excitantes bajo ese tibio manto que posee.
Mientras la ciudad duerme y la inquietante oscuridad, solo rota por centelleantes luces artificiales, lo inunda todo, algunas sombras aún se deslizan lenta y monótonamente en un lento y acompasado desfile por sus calles mil veces pisadas. Esas tenues figuras vagan en un devenir lento por aceras, avenidas sin fin, entre semáforos intermitentes carentes de policromía, ensimismados en su neurosis ámbar.
Algunas luces se apagan ya, mientras el neón (incansable) a tempo nos tedia, dejándonos su mensaje una y otra vez...autómata, repetitivo e intrascendente. Se recoge la última silla del café en el boulevard de algún que otro sueño roto, una pareja entre sombras, a la luz de una farola románticamente ultiman su adiós eterno, envueltos en reflejos mate en donde brilla el añil, por su ausencia, entrelazándose desesperadamente.