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Bitácora del monosabio

3 minutos para morir.

Diariamente, la ansiedad incontrolada de tener que llegar –o ser- el primero en todos los aspectos de nuestra cotidianidad, nos reta a comportarnos como auténticos autómatas (conejito duracell en una desesperada e inútil carrera al final –irremisible- de su autonomía vital alcalina). Ese apresurado estado, que no conduce a lugar alguno y que “tecnócramente” llamamos “stress”, no es más que el desahogo propio con que responde nuestro organismo, ante avalancha tal de obligaciones y responsabilidades que nos lanza nuestra querida sociedad del bienestar (bien vivir y bien gastar). 


Hay que llegar puntual al trabajo, a la cita médico-ambulatoria (3 minutos fonendoscópicos), la cerveza del medio día (que no se enfríe
), el vino (y se fué) idem; y no olvidemos con puntual disciplina teutónica, abonar nuestras facturas en el banco (-ban de bandidos Corporation: ban-co., aunque lo de Botin tiene peor concordancia ); hasta para morirse hay que pagar! y con prestosidad. Tampoco se puede –debe- acudir en deshoras a casa (sopena regañina femino-moral y pernocta con seudo alejamiento lechal); es decir, o somos puntuales o nos luce ipso-facto la alopecia (bisoñé a algunos) por mucho que dentro de 100 años seamos calvos todos...


 
Concluyendo: unas prisas bien llevadas, sin  sorpresas de última hora, multas de tráfico (restada alevosa puntual), respetuosas con nuestra integridad físico-emotivo-sensorial, serán nuestras inseparables compañeras de viaje, aunque teniéndolas como aliadas, para que queremos enemigas, decía el pícaro...

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